lunes, 21 de marzo de 2011

El final del arco iris.


Estaba muy triste. Había algo en sus ojos que no me cerraba. Fue entonces que me di cuenta que el arco iris de su mirada había desaparecido. Ya no se dedicaba a sonreír y hacer reír. El llanto era su castigo, sus lágrimas la recompensa de tan largo sufrimiento. No sabía que tenía. El sol la había abandonado. Las nubes cubrieron su luz y allí se quedaron imperturbables. Todo comenzó cuando a lo lejos se sintió el estruendo. Algo peor se avecinaba. Primero fue un as de luz fugaz, y después el sonido de un rayo que partía al cielo. Las nubes chocaron con toda su furia y se desató la tormenta. Gruesas gotas de lluvia asotaron la tierra. Ella caminaba en el campo, sola, con la mente en blanco. Una mano amiga la resguardó bajo su paraguas sin importarle nada. Ella era fría. No le interesó agradecer ese gesto, ni siquiera lo notó... fue algo imperceptible que ocurrió en su vida. El tiempo pasó y el amigo del paraguas la seguía viendo. Caminaba detrás de ella sin que lo note. Era su sombra, pero ella apenas lo registraba. Él ni siquiera preguntó su nombre. Pues había algo en ella que lo hacía quedarse a su lado, algo que lo hacía regresar cada vez que se separaba. Por las noches la veía en sueños y se desesperaba a la mañana: pues la veía, pero no era suya. Ella estaba enamorada de un amor imposible, de aquel que sólo la veía como su amiga. Pero así y todo, su alma le pertenecía, y lloraba y penaba por él, por el hecho de saber que nunca iba a poder tenerlo. Ese amor le dolía, le hacía daño. La hacía sentir perdida, como si estuviese en el fondo de un pozo sin salida. Pero no era así, la tormenta se estaba llendo... una luz la llamaba de afuera. El sol brillaba más que nunca, y era puro y enérgico como ese que alguna vez soñó. Fue en ese entonces que ella se asomó y lo vio. Su amigo la estaba esperando, pero sin paraguas alguno. Ya no llovía. Los pájaros cantaban, el aire era fresco. Todo era perfecto, como un sueño. Ella se quedó con su amigo. Se sentía segura y protegida a su lado. Nada malo podría pasarle. Lo amaba tanto que ni siquiera se le cruzaba por la mente la posibilidad de perderlo algún día. Con él había vuelvo a sonreír, había vuelto a ser feliz, y ya nada le importaba. Planeaba pasar el resto de sus días de esa forma. Pero pasó un día que, caminando, se tropezó con una piedra en el camino y cayó. Se puso muy mal, y su amado intentó ayudarla. Pasó eso repetidas veces. Ella no se daba cuenta que su espíritu movedizo la estaba alejando de él. No se daba cuenta de que mientras ella bailaba feliz, él la observaba de lejos entristecido. Poco a poco comenzaron a alejarse, pero no porque no se quisieran. Tenían muchas cosas en común, pero había algo que parecían no compartir: el mismo camino. Él era tranquilo, paciente, cálido, y ella perturbaba todo a su paso, era enérgica, impulsiva, habladora. Después de días hermosos de sol, las nubes opacaron nuevamente el cielo. Y el paraguas no pudo guarecer a ambos. Ella ya no tenía miedo, quería mojarse; y él, necesitaba a alguien que se quedara junto a él siempre. Lo bueno de ellos, es que se supieron aceptar. Fueron buenos amigos al principio, y lo son ahora también. Aprendieron el uno del otro. Vieron el principio y el final del arco iris, tomados de la mano. El destino quiso que así fuese. Quizás fueron las circunstancias, quizás sus personalidades, las que los separaron. Así y todo, ella aprendió que es amor lo que uno siente cuando todo lo que uno quiere es que la otra persona sea feliz así sea que no seamos parte de su felicidad. Sé que un nuevo arco los espera.

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